Seré tus ojos

 

“Seré tus ojos”, nos hace viajar al pueblo de Ohanes de principios de siglo XX.

Es una historia, escrupulosamente documentada, donde se entremezclan la historia y la ficción, la cultura, las ciencias y las humanidades y en las que se contraponen la sencillez de la vida rural con el vertiginoso crecimiento de Madrid, una capital iluminada por el esplendor de la modernidad.

La novela ahonda en sentimientos tan dispares como la felicidad, el odio, la venganza o la culpabilidad para confluir en una profunda reflexión sobre la repercusión que nuestras acciones y la fe pueden provocar en los que nos rodean.

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Extractos del libro

"Amanece y se produce un nuevo milagro. El halo rompe la línea del horizonte y acaba con las tinieblas de la noche surcando el cielo con haces de luz. El lubricán abre una nueva puerta a la esperanza, una posibilidad para empezar de cero. Comienza un nuevo día".

 

"…Había olvidado que para alcanzar los sueños primero había que creer en ellos, había olvidado que era especial y única y que para correr primero habría de caminar... y para caminar; de caerse y levantarse. Se sorprendió de haber dejado apartado de su recuerdo, el pasado del que había sido uno de los tiempos más felices de su vida y se asustó de repente, pensando en los años que llevaba sumida en la más absoluta monotonía.

Percibió los olores familiares que durante tantos años habían impregnado los tapices, los cuadros, las alfombras y cuanto encontrara a su paso y que le transportaron a una época en la que fue traviesa y soñadora, intrépida, atrevida y valiente; en la que no tenía miedo a enamorase o al qué dirán, a fracasar o a hacer el ridículo, libre, sincera y noble…

…y, mientras caminaba hacia el cuarto de don Javier, pensó en por qué su vida había acabado así, sin posibilidad de levantarse pues no había de dónde caerse, sin futuro, conformista y apática".

 

Dicen que la vida continúa para todos y nada podemos hacer para cambiar su curso, porque el paso del tiempo nos vuelve perezosos y nos roba la esperanza y el valor y, a cambio, nos proporciona la apatía y la desgana.

Así, como decían los versos manriqueños:

"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir";

y, como es ley natural, cuanto más caudaloso más difícil es de parar, y no es el caudal sino los años y los sufrimientos que van sumando a nuestros pesares, las decepciones por las traiciones de aquellos que creíamos nuestros amigos, los anhelos inalcanzados más profundos de nuestro ser, las promesas incumplidas que nos reconcomen el alma, las pérdidas de los seres queridos que, pese a dejarnos una desconocida sensación de vacío interior, pasan a formar parte del pesado baúl de los recuerdos y, por supuesto, las malas acciones cometidas… y todo lo arrastramos con nosotros, como atados a una pesada carga que enturbia las aguas cristalinas que habrían de ser el espejo que reflejara lo que hemos sido y lo que hemos hecho, para aceptar con regocijo y en paz, lo que pronto seremos.

 

"Allá en lo alto refulgía Algol, el ojo de la temible Medusa, muerta y separada su cabeza de su cuerpo por Perseo dando vida a Pegaso, el caballo alado de Zeus, el dios soberano. La constelación de Draco, en honor al dragón de cien cabezas Ladón, herido de muerte por Hércules, atravesado su corazón por una flecha, para robarle sus manzanas de oro en el jardín de las Hespérides; y Orión, el cazador, que prometió aniquilar a todo ser viviente sobre la faz de la tierra pero que vivió su muerte por la picadura de un escorpión. Toda la belleza de la cúpula celeste no traía a su recuerdo sino pensamientos de muerte y dolor, como no podía ser de otra forma, pues su corazón se había teñido de tinieblas".

 

"…no era consciente aún, pero caminaba por la vida como un funámbulo por la cuerda floja, mas con una dificultad añadida; como colgadas de sendos extremos de la barra, que habría de ser su única ayuda para mantener el equilibrio, se hallaban sus dos hijas.

Un paso inseguro los arrastraría irremisiblemente y esa era mayor responsabilidad de la que pudiera aceptar el más osado de los acróbatas pero, igualmente, la caída de cualquiera de sus hijas haría imposible de soportar el nuevo desequilibrio dando al traste con cualquier esperanza de salvación.

A veces, sin saber por mediación de qué extraño ardid, la vida nos pone en tal aprieto y entonces, cuando al bajar la mirada no vemos el suelo que con tanta desgana pisamos, no queda otra que abrir los ojos, asir con fuerza la barra, mirar al frente y caminar lo más rápido posible".

 

"¡Qué extraño es nuestro corazón! Como si se tratara de una veleta de los vientos movida por el azar, dirige nuestros pasos, girando a su antojo, como en devanares sin fin.

Así, según rachee el viento, convierte en caminar ligero la escarpada subida a la cima de la más alta montaña por el abrupto desfiladero o nos representa, como la más cruenta batalla, la eximia acción de desligarlo de las cadenas que lo comprimen para dejar brotar de lo más hondo de su interior una sincera declaración de amor o un sencillo ruego de perdón".